Estamos muy acostumbrados a escuchar hablar sobre la ansiedad y la depresión. Son, sin duda, dos de las grandes dificultades de salud mental en la población adulta. Pero a menudo olvidamos que también pueden aparecer en la infancia y la adolescencia, etapas especialmente sensibles del desarrollo.
¿Qué es la ansiedad?
La ansiedad es una emoción natural que aparece cuando percibimos una situación como amenazante. Es una señal de alerta que activa nuestro cuerpo y nos prepara para reaccionar: estudiar ante un examen, escapar de un peligro o enfrentarnos a un reto.
Por tanto, no es algo negativo en sí misma; de hecho, la necesitamos para sobrevivir y adaptarnos. El problema surge cuando esta activación se vuelve excesiva, desproporcionada o persistente, incluso en situaciones que no suponen un peligro real. En esos casos, la ansiedad deja de ser una aliada y se convierte en un obstáculo (por ejemplo sentir la misma ansiedad ante un examen que ante el ataque de un león).
SÍNTOMAS DE ANSIEDAD MÁS FRECUENTES EN LA INFANCIA
Debemos tener presente que los síntomas de ansiedad que podemos observar con más frecuencia en infancia y adolescentes se diferencian de aquellos que se pueden apreciar en adultos. En niños, tenemos que estar atentos a dolores de cabeza frecuentes, dolores de barriga… En general a quejas somáticas para las que no se encuentra ninguna otra explicación. También pueden manifestar problemas para dormir, pesadillas, irritabilidad, miedo a separarse de mamá y papá, rechazo escolar o regresión a conductas que ya evolutivamente se habían superado (por ejemplo: mojar la cama). En adolescentes, son más comunes los síntomas de carácter cognitivo y emocional. Estos pueden englobar preocupaciones frecuentes, inseguridad, baja autoestima… Asimismo, son comunes síntomas que afectan a las relaciones con los demás, como aislamiento social, o síntomas físicos, como insomnio o despertares a lo largo de la noche, mareos o taquicardias.
¿Qué es la depresión?
La depresión va mucho más allá de “estar triste”. Es un trastorno del estado de ánimo que puede llegar a ser muy incapacitante.
No solo implica tristeza o desánimo persistente, sino también apatía (falta de energía o motivación) y anhedonia (pérdida de placer ante cosas que antes resultaban agradables).
A esto se suman otros síntomas físicos, cognitivos y conductuales que afectan al día a día, las relaciones y el rendimiento escolar o personal.
SÍNTOMAS DE DEPRESIÓN MÁS FRECUENTES EN INFANCIA
Al igual que pasa con la ansiedad, la depresión puede manifestarse de distinta forma en la infancia, adolescentes y adultos. En niños, más que la emoción de tristeza vamos a observar un ánimo irritable. También cansancio, disminución en el juego, cambios en el apetito, problemas de sueño, menor rendimiento escolar, baja autoestima, dolores de barriga y de cabeza, etc. En adolescentes, los síntomas depresivos pueden manifestarse con una apatía generalizada, dificultades en la concentración y menor rendimiento académico, autocrítica intensa, conductas de riesgo como por ejemplo consumo de sustancias, irritabilidad constante, cambios bruscos de humor o aislamiento social.
Posibles causas o factores que influyen
No existe una única causa que explique la aparición de ansiedad o depresión. Lo más habitual es que intervengan múltiples factores personales, familiares y sociales.
Algunas situaciones que pueden contribuir son:
- Divorcio o separación de los padres.
- Pérdida de un ser querido.
- Acoso escolar.
- Exceso de presión académica.
- Problemas de autoestima o dificultades en las relaciones sociales.
Cómo pueden actuar las familias
El papel de la familia es clave. Los niños y adolescentes necesitan un entorno de seguridad y validación emocional, donde se sientan escuchados y comprendidos sin juicios.
Validar no significa dar la razón, sino empatizar con lo que sienten: reconocer su emoción y permitir que la expresen libremente.
Solo así podrán abrirse y compartir aquello que les preocupa.
Además, es recomendable educar emocionalmente desde edades tempranas:
- Enseñar a identificar las emociones y a reconocer cómo se sienten en el cuerpo.
- Hablar en familia de lo que se siente, sin tabúes.
- Modelar estrategias de regulación emocional (por ejemplo, respirar, pedir ayuda o tomarse un tiempo para calmarse).
Recordemos: conocer las emociones no evita el sufrimiento, pero sí nos da herramientas para enfrentarlo con mayor fortaleza y equilibrio.
Si notas cambios importantes en el estado de ánimo o comportamiento de tu hijo o hija, pedir ayuda profesional.
El acompañamiento psicológico permite entender qué está ocurriendo y ofrecer a la familia un espacio seguro para trabajar juntos hacia el bienestar.

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